A la base de eso, paradójicamente, hay un intenso temor al fracaso. Pero no a cualquier fracaso. Es muy probable que estas personas arrastren desde su niñez algún trauma causado por exigencias desmedidas sobre su comportamiento, de tal manera que si no cumplían estándares muy altos de desempeño eran castigados con severidad o menoscabados en su autoestima, muy posiblemente por sus propios padres. Por lo tanto, hacer algo menos que perfecto para estas personas no se trata sólo de “hacerlo mal”, sino de una trasgresión espantosa, un pecado gravísimo que para ellos implica una enorme vergüenza y una desvalorización de sí mismos.
Estas personas no solo sufren ellas. Pueden también hacer sufrir a quienes les rodean, ya que viven en un “modo exigencia desmedida”, por lo que para ellos es natural aplicar a los demás esas exigencias a las que se someten ellos mismos. En el camino desarrollan una gran inteligencia, casi como un recurso de supervivencia, por lo que su juicio sobre las cosas y los comportamientos de otros suele tener sólidos fundamentos, de modo que son aún más desafiantes con los demás.
Son personas que requieren ayuda. A veces algunas de ellas la solicitan, lo que mejora el pronóstico, de por sí
reservado. Necesitan aprender a perder el temor a errar o a hacer cosas de manera «suficiente». Necesitan aprender también a revalorizarse ellos mismos y a correr el riesgo de ser «promedio» y conservar una estima positiva de sí mismos. Esto les ayudará en el siguiente paso, que es aprender a no aplicar las mismas exigencias a otros y así cortar de raíz la renovación del ciclo de exigencias desmedidas y maltrato asociado. El ideal es que aprendan a gozar con lo perfecto y a estar satisfechos con lo «suficiente».


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