Los sufrimientos que perduran

Wilson Vidal

Wilson Vidal Sotomayor

Muchas personas se deprimen y sufren debido a alguna situación muy dolorosa que han experimentado en su vida y que los hace sentir muy desgraciados. Nadie está libre de que ese tipo de circunstancias le ocurran y deprimirse por ello es sano y congruente. Sin embargo, algunas personas se quedan estancadas en los mismos dolores por largo tiempo y arrastran su sufrimiento a lo largo de los años sin lograr liberarse de ellos. Esto es muy común cuando se trata de dolores que experimentaron en su infancia, cuando no tenían recursos psicológicos para tratar con situaciones dolorosas; sin embargo, también sucede con experiencias vividas más tarde en la vida. Un caso gráfico de esto es una persona que ha sido objeto de infidelidad, o quienes han sido objeto de matonaje o bulling. ¿Qué pasa con estas personas? Hay dos factores a considerar.

Un elemento central en la mantención de estos dolores o el temor a experimentarlos es la persistencia de algún mecanismo de evitación del dolor, es decir, algún tipo de comportamiento que la persona ejecuta a fin de que no se presente la situación dolorosa. Si su mecanismo es eficaz en mantener lejos este tipo de situaciones, es poco probable que el temor a experimentar dolor desaparezca. De cierto modo, la situación dolorosa se convierte en una especie de fantasma que está siendo permanentemente ahuyentado, lo cual acrecienta el temor a encontrarse con ella. Esto sucede a pesar de que la real situación dolorosa puede haber desaparecido.

Por ejemplo, si alguien ha sido objeto de matonaje (bulling) en su infancia, puede haber desarrollado mecanismos para evitar ser objeto del mismo, como por ejemplo ser demasiado complaciente con otras personas, o hacer rabietas inesperadas que marcan su territorio como inviolable, o evitar pensar en ello y mantenerse retraído y apartado de las relaciones sociales. En cualquier caso, al llegar a la juventud los muchachos dejan de hacer bulling sobre sus pares y la amenaza real ya desapareció, pero la persona puede aún seguir utilizando sus mecanismos de defensa y no enterarse jamás de que ya no son necesarios ni pertinentes.

Segundo, con frecuencia es posible encontrarse con que la persona que arrastra un dolor por tiempo largo mantiene vivos los sentimientos y pensamientos de «autocompasión» que puede haber experimentado cuando se originó su sufrimiento. Quizá cuando eso sucedió se sintió «víctima», o bien los demás en su entorno indujeron a que sintiera compasión por sí misma y se autodefiniera como disminuido o de menor valor como persona. Tales sentimientos también tienden a perpetuarse, ya que junto con ellos la persona aprendió a «situarse» a sí misma en una posición inferior a los demás y a funcionar desde una posición de «desvalida» o «defectuosa».

Por lo tanto, para no quedar estancado en experiencias dolorosas del pasado, se requiere enfrentar con valor las situaciones que han hecho sufrir y afirmar con resolución los propios derechos ante ellas, reconociendo la injusticia del temor o la minusvalía que nos hacen sentir. También se necesita aprender a reconocer los mecanismos de evitación que utilizamos y atreverse a vivir libres de ellos y las supuestas amenazas de las que nos protegen.

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